| Mystic Familiar |
El humilde oros amó siempre la comodidad, los buenos vinos y los banquetes abundantes, aunque nunca fue un exigente comensal de delicado paladar ni excéntricos deseos. Su economía nunca le permitió un hogar decente ni una buena mesa y encontró su lugar como consejero y director de orquesta de un ejército de mayordomos para su amo, amigo y dueño de casa. Su vida, al mando del dictador, era una constante de placenteros momentos, aunque nunca dejaba de estar a merced de las voluntades de su jefe. En sus manos encontró la miseria de aguardar por sus deseos, de bajar la cabeza, de apoyar por causas ajenas. Pero una mañana despertó enfermo, cálido de fiebre y agonizando de dolor. Nadie pudo descubrir el foco de su evidente infección, hasta que a media madrigada un fuerte soplido de la luna lo puso boca arriba.


