Mi sueño favorito
Nada hay más fantástico que compartir de a dos una hermosa función de cine una tarde de frío justo antes de empezar a oscurecer el cielo. Así rodaron las palabras más dulces en el ingreso a la primera función de la película de amor y comedia de la tarde noche en un cine céntrico, donde el ocho de oros y su amada siete de copas se besaban en la entrada. La película era sencilla, los productores habían apostado a lo más básico del amor con uno o dos conflictos que separaban a los amantes de su, siempre asegurado, final feliz. Las parejas despejaban la salida con cara de poco satisfechos y no tardaban tres o cuatro pasos en olvidar por completo la trama, los personajes y hasta su presencia en la sala sólo minutos de distancia. Era la perfecta historia que no modificaba absolutamente nada, excepto para las cartas.